Capitulo 44.

Arnold.

 

Amazonas peruano.

 

 

Llevaba un poco menos de dos días vigilando el rancho, un pequeño conjunto de chozas, varias de ellas ruinosas dominadas por una cabaña algo mayor, con una minúscula terraza de pórtico.

Un nido de ratas.

Durante el día había algo de movimiento, de vez en cuando, aparecía algún vehiculo, se detenía frente al rancho y sus ocupantes hablaban y entraban. La mayoría de las veces salían con algunas cajas que cargaban y se iban, a veces no había cajas y en esas ocasiones le llegaba el eco de algún grito insultante. Al amanecer un jeep destartalado llegaba con una humareda de aceite quemado y 3 tipos se bajaban, al anochecer se iba con los 3 tipos dentro.

Solo media docena quedaban por la noche, dos mas altos que daban ordenes y unos cuantos peones mas bajos al parecer indígenas.

No era una escena ajena para Arnold, los dealers por lógica operaban de la misma forma fuera en medio de una selva húmeda o en el calor del desierto, uno o dos jefes, los mandamases, con alguna escolta de brutos de gatillo fácil y espaldas fuertes para cargar las cajas, no importa si usaban turbante o ropa camuflada, eran la misma mierda sin temor a dios de siempre.

No era de extrañar que no fueran muy cuidadosos, tener tantas armas daba un sentimiento de seguridad con el que no era fácil lidiar, además eran como el almacenero gallego del barrio, todos odian al desgraciado y comentan cuando sube los precios, pero al final todos deben comprarle aunque sea para no caminar de mas.

El arma mas fuerte del traficante de armas es su propia capacidad para hacerse indispensable, el cliente no es peligroso aunque sea una pesadilla para todo lo que le rodea, necesitan de tu producto, podrían robarte, pero ¿Quien les vendería entonces?, róbale al pizzero y nunca mas recibirás pizzas en la casa, tendrás que salir a buscarla.

El único enemigo del dealer es otros dealers.

Como los buitres, sin mucha carroña a la vista deben pelear por la poca carne descompuesta que puedan encontrar, pero si hay suficientes clientes es innecesario, al menos no vale la pena, no es negocio forzar un enfrentamiento.

A menos que alguien más lo haga por ti.

Arnold sabia exactamente que pretendía el alemán Heinlein, ya no era un cliente viable, pero por otro lado podría serle útil si estaba lo bastante desesperado para necesitar las armas de sus competidores.

Él lo estaba.

Dos veces se acercó, lo suficiente como para poder ver a cabalidad el rancho, poder escrutar tras las ventanas, no había trampas ni dispositivos de alerta, no tenían necesidad, había suficientes armas para que esos tipos pudieran soportar un ataque frontal de cualquier cosa menor a un pelotón bien entrenado.

Un acercamiento directo no era la opción, necesitaba algo más sutil, algo que lo mantuviera fuera de la mirada de los satélites espías que seguramente seguían su rastro, fuera del alcance de sus sensores futuristas.

El acercamiento sigiloso nunca había sido su fuerte, de hecho aunque poseía el pulso de piedra de un francotirador carecía de la paciencia necesaria, aun antes de su paso por la institución ya sufría de un poco normal nivel de paranoia.

Lo suyo era el entrar a lo bestia, la patada en la puerta, el gatillo fácil, la ráfaga, en el peor de los casos el fusil a tres tiros, nunca uno a uno.

Eso no quería decir que Arnold aun con su fragilidad mental no se detuviera a pensar las cosas, mas bien el problema era que las pensaba demasiado, gravitando ya entre sus visiones de ciencia ficción y seudo religiosas en un menjunje de persecución que solo lograba mantenerlo en un estado de febril vigilia constante.

Arnold era un esquizofrénico sin tratamiento, lo sabia, incluso lo había visto en el rostro triste de su madre al morir dejándolo indefenso, pero no podía evitar pensar que su propia supuesta patología era parte del mismo complot que llenaba su mente y se retroalimentaba con cada nueva fantasía.

¿Cuando había centrado esta en la figura de Faith? era algo que ni el mismo podía decidir, ¿Cuando había pasado a querer transformarse en un nuevo John Hinckley jr?, había sido después de Irak, eso era seguro, que tanto del trauma de combate tenia que ver con su condición o si simplemente había sido el catalizador de una enfermedad de base ya poco importaba.

Lo cierto era que había decidido que ella era la clave de todo, quizás el parecido de ella con la muchacha que en sus tiempos de juventud le había quitado el sueño cuando miraba abstraído los campos de maíz de su padre, quizás alguna asociación visceral frente al histriónico terror de ella en alguno de los filmes de horror de bajo presupuesto que había protagonizado cuando trataba de saltar de la televisión juvenil al cine.

Su figura angelical, su omnipresente sonrisa en esa boca en forma de corazón, el siempre calido comentario a los medios, esa aura de perfección y normalidad que la acercaba a sus fans aun con la pantalla de por medio, que la convertía en una mas del grupo, cercana e inalcanzable a su vez.

Faith no estaba en los sueños de Arnold, o mas bien pesadillas, de inconexo desenlace, de sudor frío y temblores incontrolables, eran cosas mas oscuras e inexplicables, ella ocupaba sus vigilias, desde esas horas cuando encerrado en una pequeña caseta de guardia miraba las repeticiones de esas malas películas, aun molesto de pasar de su condición de sargento veterano a simple guardia.

Antes del colapso que lo llevo a la institución.

De a poco había pasado a ser la figura gravitante de su vida, fotos de Internet, dvds, luego los recortes de periódicos en álbum, de ahí solo un paso ligero a las paredes del sucucho de turno, comenzó a verla en cada lugar, casi tanto como a sus omnipresentes perseguidores.

Ellos estaban en todas partes, de a poco se habían apoderado de sus pensamientos, los veía en cada esquina, en cada rostro y solo el de ella parecía calmar en algo la ansiedad del pánico que amenazaba con atenazarlo a cada instante.

En algún momento de esa caída, decidió que debía salvarla, alejarla de ellos que buscaban su propia corrupción, que lo habían hecho así, alejarla de esta existencia aferrandose a una esperanza onírica de paraísos y vidas supra terrenales que mientras su cerebro mas se dañaba mas le encontraba sentido.

Arnold era una criatura torturada, y en el fondo aun un muchacho de campo, serio y responsable, que alegraba su corazón con la amistad de los animales y el olor de las flores, que soñaba con niños jugando y un buen guiso en la olla preparada por una amorosa mujer algo regordeta que le recordara a su madre, un chico de buenos sentimientos encerrado en la coraza de un soldado desilusionado con su propia patria primero y en la mortaja del orate después.

Era un loco, cuanto de ello era su culpa era algo que para peor mas le mortificaba.

 

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS
Cerrar